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Columna | Entre espectaculares y tiempos políticos

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En política, a veces el mensaje más fuerte no está en lo que se coloca… sino en lo que se quita. Y eso es justo lo que ocurrió esta semana en Ciudad Juárez.

El alcalde Cruz Pérez Cuéllar decidió pedir que retiraran los anuncios espectaculares donde aparecía su imagen. No porque de pronto le incomodara verse en las avenidas, sino porque dentro de Morena se estableció una regla clara para quienes aspiran a futuras candidaturas: nada de promoción adelantada.

Así que, antes de que alguien dijera que ya estaba en campaña, el propio alcalde optó por bajar el volumen. Según explicó, los medios aceptaron el retiro y con ello busca dejar claro que respetará los tiempos del partido.

Y en Morena los tiempos ya están bastante marcados.

Primero, el 22 de junio será la fecha clave para el registro formal de aspirantes. Después, en julio, el movimiento definirá quién encabezará la coordinación estatal, un proceso que no será exclusivo de Chihuahua, sino que ocurrirá en 17 entidades del país al mismo tiempo.

Traducido al lenguaje político: el tablero apenas se está acomodando.

Mientras tanto, el alcalde de ciudad Juárez, insiste en que el enfoque está en fortalecer la estructura del partido y mantener la unidad interna. Y ahí entra otro elemento importante: las relaciones.

El alcalde habló de comunicación constante con figuras del movimiento como Ariadna Montiel, así como diálogo con actores locales como Cuauhtémoc Estrada, Mayra Chávez y Carlos Castillo. En otras palabras, que los puentes siguen abiertos y que nadie quiere romperlos antes de tiempo.

Porque en Morena, como en cualquier partido, las candidaturas no sólo se construyen con discursos… también con acuerdos.

Por lo pronto, los espectaculares se bajan, las aspiraciones siguen vivas y el reloj político ya empezó a correr.

Y en Chihuahua —como suele pasar— la verdadera campaña empieza mucho antes de que oficialmente empiece.

La Copa del Mundo hace escala en Chihuahua

No todos los días llega a Chihuahua uno de los trofeos más famosos del planeta. La Copa del Mundo de la FIFA pasó por la capital del estado y, aunque sea solo por unas horas, logró algo que pocas cosas consiguen: poner a todos a hablar de lo mismo.

La gobernadora Maru Campos encabezó el evento en el Centro de Convenciones Expo Chihuahua, donde se presentó el trofeo original como parte del tour mundial rumbo al Mundial de 2026. Un objeto que, más allá del oro y del brillo, carga décadas de historia, goles inolvidables y generaciones enteras pegadas a una televisión cada cuatro años.

En el evento estuvieron representantes de Coca-Cola, Arca Continental y hasta Vincenzo Iaquinta, campeón del mundo con Italia en 2006. Todo listo para que Chihuahua, aunque no sea sede del Mundial, se sintiera por un momento dentro del mapa futbolero global.

La gobernadora aprovechó el momento para lanzar un mensaje interesante: en tiempos donde el mundo vive momentos de confrontación, el deporte sigue siendo uno de los pocos lenguajes capaces de unir a millones de personas sin importar ideologías, fronteras o diferencias.

Y algo de razón hay en eso. Porque el futbol tiene esa magia extraña de convertir a desconocidos en compañeros de celebración o de tristeza durante noventa minutos.

La visita del trofeo también tiene un componente simbólico. No es solo marketing deportivo. Es una forma de recordar que México volverá a ser anfitrión de un Mundial y que el entusiasmo por el futbol sigue siendo una de las identidades más fuertes del país.

Chihuahua no tendrá partidos del Mundial, pero por un instante tuvo la copa en casa. Y eso, para una tierra que también vive el futbol con pasión, no es poca cosa.

Porque al final, cuando la Copa del Mundo aparece, el mensaje es claro: el futbol siempre encuentra la forma de unir al mundo… aunque sea por un momento.

Después del 8M

Un día después del 8 de marzo siempre muestra otra cara de la historia. La que no sale en las consignas ni en las pancartas, sino en las escobas, las mangueras y los trapos con los que la ciudad intenta volver a la normalidad.

El pasado lunes, la avenida Universidad amaneció distinta. Comerciantes y trabajadores comenzaron desde temprano a retirar las protecciones que colocaron un día antes y a limpiar las fachadas de sus negocios. Tablas que cubrían vitrinas, restos de pintura en paredes y vidrios, y algunos daños que dejaron las horas intensas de la marcha del Día Internacional de la Mujer.

En la glorieta de Pancho Villa, en estaciones del Bowí y en algunos comercios de la zona todavía se veían las huellas de la movilización. También la farmacia del ICHISAL y una funeraria del sector iniciaron trabajos para limpiar y reorganizar sus espacios.

Pero la escena no fue igual en todos los negocios. Algunos decidieron no borrar las pintas. Prefirieron dejarlas ahí, como una señal de respaldo al movimiento feminista o como recordatorio de lo que ocurrió el domingo.

Mientras tanto, personal del Bowí comenzó a retirar poco a poco las maderas que protegieron las estaciones.

Así es el día después del 8M: una ciudad que se limpia, que vuelve a abrir negocios y que trata de recuperar su ritmo. Pero también una ciudad que cada año revive la misma discusión: cómo equilibrar la protesta, el derecho a manifestarse y el impacto que dejan las movilizaciones en el espacio público.

Después de cada marcha viene la limpieza física de la ciudad… pero también queda la pregunta de fondo que año con año vuelve a aparecer: si las paredes se pueden borrar rápido, ¿qué tan rápido se están atendiendo las causas que llevaron a miles de mujeres a salir a la calle?

La ciudad vuelve poco a poco a su rutina.

Pero el debate, ese, apenas empieza.

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